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Y es que hoy en día un mercado tradicional supone un importante flujo turístico para una localidad. Los hay desde los más modestos, que apenas convocan a gentes del pueblo y alrededores hasta las grandes citas medievales, generalmente acompañadas de alguna fiesta patronal. En muchas de estas, todo el pueblo se involucra en esta regresión al pasado, representando escenas y batallas con atuendos de la época. Los mercados medievales son una oportunidad para la diversión que siempre deja un hueco a la cultura, cuando están organizados con fundamento histórico. Por supuesto ganan en credibilidad cuando se llevan a cabo en lugares monumentales, con añejos edificios que sirvan de marco al evento en cuestión. Para amantes del buen yantar siempre suele ser una oportunidad con hacerse con quesos, embutidos o incluso pan, elaborados de forma tradicional. No faltan los múltiples trabajos de artesanía. Aquí entran el barro de los alfareros, la madera de los carpinteros, el metal de los herreros, las pulseras, brazaletes y otros adornos en cuero, la bisutería, etc. Muchas veces son los niños los que más disfrutan, bien aprendiendo estos tradicionales oficios, divirtiéndose al ritmo de la música de bardos, juglares y bandas o montando caballos y ponys al trote por el suelo recubierto de paja. No hay una zona determinada donde se celebren estos mercados con mayor o menor lustro. Hay de todo a lo largo y ancho del país, desde Cantabria a Córdoba, desde Alicante a Salamanca y cada vez surgen más, especialmente en verano. Reflejo de la vida social de la época, un mercado medieval es capaz de hacernos regresar durante unos días a un pasado legendario. |