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Los hayedos son sinónimo de espectáculo otoñal y Navarra puede presumir de grandes superficies pobladas por tal árbol. Como la segunda más grande de Europa, la selva de Iratí, 17.195 hectáreas de hermosa e inabarcable naturaleza que ocupa los valles del río Irati y del Salazar, trascendiendo el Pirineo hasta las tierras francesas. Aquí el visitante conocerá el verdadero significado del silencio, sólo roto por el susurro del agua o de la fauna del lugar. Caminando paralelo al curso del río, se escuchará un ruido inequívoco; el de las propias pisadas quebrando las hojas caídas. En esta apagada a priori apagada estación, la selva respira vida y explota en el cromatismo más exuberante. El colorido oscila desde el verde de los musgos y de los pinos, al gris plateado de los troncos, los calidos tonos rojizos y amarillentos de las hojas del haya. La visión deslumbrante se torna en oscuridad misteriosa en las zonas más densas en que las hayas filtran implacablemente la luz, conservando así la humedad característica. Y es que la mayor experiencia que se puede vivir es dejarse envolver por la naturaleza y perderse en los brazos de su exhuberancia. El visitante se siente diminuto en la inmensidad de este mar de naturaleza cambiante. Un santuario de luces y sombras que invita a la introspección, relaja e intimida al mismo tiempo, haciendo desconectar de la estresante realidad de fuera y potenciando la imaginación. El gran pulmón navarro se compone de otros escondrijos boscosos como el Parque Natural Sierra de Urbasa, al noroeste, o el valle de Belagua, el más oriental de la comunidad. |